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Venerable María Cecilia Baij (Italia 1731 - 1736)

LAS REVELACIONES A
LA VENERABLE MARÍA CECILIA BAIJ
“La Vida de San José”




                                                               Italia (1731-1736)




En el Santuario de las Apariciones de Jacareí, es divulgada la vida del Glorioso San José de diversas formas y por diversos modos. Pues una de las Grandes Revelaciones más importantes para estos últimos tiempos está reservada a la Devoción de San José; que juntamente con María Santísima participó en la co-redención del mundo, con sus dolores y lágrimas, sus sufrimientos y trabajos de amor, con todo esto colaboró con el Salvador, para la redención del mundo.

San José estuvo siempre unido a María Santísima y a Nuestro Señor Jesucristo, en la pobreza, en el dolor, en el amor y ahora más que nunca unidos a Ellos dos en la Gloria del Cielo. En la escalera de la Santidad, es decir, en la Orden de la Gracia, es menester recurrir primero a los ángeles, quiénes nos conducen a San José, y luego Él a los Corazones de Jesús y María.

En Jacareí, San José reveló su Amantísimo Corazón al mundo, nos regaló un gran don de Su Amor por medio de Su Medalla Sagrada y de Su Santa Hora de Oración que debe rezarse todos los Domingos a las 21:00hs, bendijo una fuente milagrosa para sus fieles en el Santuario que ya curó a centenas de sus devotos, reveló Sus Dolores Secretos para mejor amarlo, servirlo y conocerlo. También reveló que la fecha exacta de Su Nacimiento es el 10 de Febrero y otras grandes revelaciones destinadas para estos tiempos. En fin, nos colmó de abundantes gracias y bendiciones por medio de Sus Apariciones y Mensajes.




Por eso, en el Santuario es divulgada también, por medio de algunas grabaciones en CD’s la vida oculta de San José por medio de las revelaciones dadas por Jesucristo a una mística religiosa en el año 1731, a la Hermana María Cecilia Baij. Nuestro Señor Jesucristo quiso entonces, por medio de esta mujer santa y virtuosa, demostrar al mundo la gran santidad de su padre putativo San José.



San José en un Mensaje público de fecha 10/02/2013 (Fecha de Su Nacimiento), ha dicho lo siguiente sobre la Venerable Hna. María Cecilia Baij en el Santuario de Jacareí:

“Conviértanse deprisa. Ahora Soy el Padre amoroso de ustedes, cariñoso y muy solícito, pero cuando el Gran Castigo venga, ya no seré más el Padre de ustedes, pero Su Juez si ustedes no se convirtieren. Si llamaren por Mí en aquel día estando fuera de la Gracia de Dios, les diré: NO LES CONOZCO y no sentiré ninguna pena de ustedes. Por eso, si Me quisieren por abogado y Padre en el aquel día, conviértanse hoy. Crean en el Evangelio, en la Buena Nueva, obedezcan Nuestros Mensajes que son el Evangelio vivo y puro para que entonces, ustedes sean verdaderamente reconocidos por Mí como Mis verdaderos hijos y Yo pueda revestirles con aquella linda capa gloriosa y aquella corona luminosa que Yo preparo todos los días en el Cielo para aquellos que se esfuerzan por ser Mis verdaderos hijos y para ser santos como Yo, el Padre de ustedes, Soy Santo.
A todos en este momento, bendigo generosamente y especialmente a ti Marcos el más ardiente de Mis hijos y de Mis devotos, aquel que Me tornó tan conocido y amado por tantas almas gracias a Mi Hora de Oración y a todo que por Mí ya hiciste, la divulgación de Mi vida revelada a Mi hijita María Cecilia Baij a quien tanto amé. Tú un día serás colocado junto con ella en el mismo coro de los bienaventurados en el Cielo y serán reconocidos allí en el Paraíso como los hijos que más Me amaron y más Me tornaron amado. A todos en este momento, bendigo generosamente.”

Dejamos aquí entonces, una breve redacción de quién fue esta esta mística religiosa, que tuvo el honor no sólo de transcribir sus revelaciones sobre la vida de San José, sino también algunos otros escritos sobre María Santísima y Nuestro Señor Jesucristo.

BIOGRAFÍA DE LA VIDENTE


La Hermana María Cecilia Baij, nació en Montefiascone, Italia, el 4 de Enero de 1694. Era hija de Carlos Baij, originario de Milán, y de Clemencia Antonini, de la clase noble de Viterbo, los cuales tenían otros cuatro hijos: Pedro, Constanza, Víctor y Cecilia Margarita.

Por las páginas de su autobiografía es posible conocerla como una niña lista, vivaz, pero desde sus primeros años irresistiblemente atraída por la oración: “—Recuerdo muy bien que a los cinco años, al volver de la escuela, en algún lado angosto del camino, donde no podía ser vista por nadie (…) decía al Señor que me hiciera toda de Él, y me diera Su Amor, y ahí desahogaba todos mis afectos y me quedaba por algún tiempo.”

Después de un breve periodo en el que sintió —nos cuenta la misma Mª Cecilia Baij— la fascinación de una compañera trivial y el atractivo de los afectos humanos, pero sin llegar nunca a realizar el mal, decidió definitivamente entregarse a Dios e hizo un primer intento de vida religiosa con las religiosas Cistercienses de Viterbo; salida de allí, entró en el Monasterio de las religiosas de San Benito, en Montefiascone, el 12 de Abril de 1713.

Después de haber sido Maestra de Novicias y Vicaria, fue elegida Abadesa el 10 de Julio de 1743, y estuvo en el cargo casi ininterrumpidamente por veinte años. Atravesó, como todos los místicos, toda clase de pruebas internas y externas, desde persecuciones sutiles de las religiosas a la dureza de los confesores, que unas veces la trataban como una ilusa, otras personas aseguraban que su experiencia venía de Dios. Y siempre salió de todo eso con una humildad y un desapego de sí, que son por si solos una buena recomendación acerca de la sinceridad de sus obras: las muchísimas páginas en las que cada día, por obediencia, anotaba esta excepcional vida espiritual suya, a veces, como declara, con extrema resistencia y siempre con la angustia de engañarse y por lo tanto de estar engañando.
Mientras tanto devolvía la paz, entre las que discrepaban, elevaba el hilo espiritual de la Comunidad, se ofrecía para expiar por los que la ofendían. Murió a los 71 años, el 6 de Enero de 1766.

“Esta mañana, después de la Comunión, sentía como nuestro querido San José apoyaba su mano sobre mi cabeza en señal de su amor y protección y me decía: «¡Hija! Jesús te ha elegido para manifestar al mundo Su Vida interior, y Su Madre y Yo con Jesús, te hemos elegido para escribir Mi vida y está segura que escribirás todo con suma verdad, tal como sucedieron los hechos»”.

¿Cómo nos sentimos nosotros, los del siglo de la técnica, frente a un lenguaje como éste? Tenemos que confesarlo: La primera tentación que nos asalta es un sentido de desorientación. Como aceptar, así, a sangre fría, unas páginas en las cuales lo sobrenatural parece hacerse palpable y evidente, hasta llegar a chocar con nuestra susceptibilidad de “pensadores modernos”, a los cuales, en el mejor de los casos, resulta imposible aceptar la existencia del mundo invisible, a condición de que permanezca invisible y no descienda a situaciones concretas, recordemos antes que nada que el lenguaje de los místicos (y así fue sin más la Hna. Mª Cecilia Baij) aunque no entendamos aquí, ni podríamos hacerlo, dar juicio sobre el tipo de revelación o sobre su grado de credibilidad es un lenguaje arduo.

Porque es bien difícil, pues, descubrir bajo el condicionamiento del instrumento humano el origen de la inspiración sobrenatural. Arduo también por otro motivo, es que los místicos, estos astronautas del espíritu, se salen de nuestras dimensiones; y tan sólo tratando de ponernos en la misma sintonía, por así decir, es que podemos muy humildemente llegar a entender algo. Una experiencia que podría, tal vez ayudar al lector a ‘ponerse en sintonía’, sería aquella de visitar algunas partes, las antiguas, no remodeladas, del Monasterio donde esta mujer vivió, oró y escribió su aventura espiritual y humana.
Quedan algunas viejas escaleras, las gradas extraordinariamente desgastadas por el tiempo y por los pasos de generaciones de religiosas; queda la pequeña huerta con sus enormes muros de protección y las huellas de capillitas y ermitas; quedan sobre todo y se encuentran casi a cada paso imágenes de Cristo: cuadros, bustos, yesos pero siempre de Cristo, un Cristo martirizado, atado, flagelado, angustiado. Una espiritualidad por cierto menos pascual que la nuestra, pero que nos hace sentir ensimismados como la razón de aquellas religiosas no debía ser la devoción de una hora, sino la de ‘vivir con Cristo’.

Es en un clima como éste que tenemos que hojear los escritos autógrafos de la Hna. Baij: páginas y páginas de amarillentos y olvidados pergaminos, recubiertos por una caligrafía sorprendentemente ágil, igual, sin borrones ni correcciones. Se tiene la impresión de una persona que no se ha detenido a reflexionar, y que escribe según un criterio seguro, casi bajo dictado. Y cuando, después de haber entrado en una atmósfera semejante, se encuentran afirmaciones de esta clase: “Digo, pues, a quien leerá esta obra, que crea por cierto en esta materia solamente escrita por mí, pero transmitida toda y dictada por una voz interior, de un modo admirable y particular”, se queda uno pensativo. Tanto más que la Hna. Baij sigue con un tono de dolorosa sinceridad: “…pues confieso en verdad ser yo el canal de barro despreciable, por el cual la Divina Bondad se complace hacer fluir las aguas saludables de Sus Divinas Gracias y de Su Doctrina Celestial. Si luego, pues, como he dicho, sea así, porque yo por mi indignidad no sé llegar a creerlo sino con mucha dificultad y con gran temor, estoy siempre afligida por el temor de ser engañada, y este temor me sirve a mí de cruz.”

LAS REVELACIONES Y ESCRITOS

LA VIDA INTERIOR DE JESÚS



De los que se tiene registro, son dos grandes obras, reveladas por el mismo Jesucristo. La primera consta del Libro titulado: “La vida interior de Jesucristo”, que fue comenzada el 12 de Abril de 1731 y terminada a fines de 1735. Muchas de sus afirmaciones acerca de la Vida interior de Jesús, toman su pleno significado en el fondo de su experiencia profunda de Dios. El sentido de la Majestad de Dios; la sed de la honra del Padre; la continua visión de todas las almas de los hombres en sus relaciones con Dios; el sentido de la Redención de la sustitución, de la intercesión,  el horror y el dolor por el pecado; la oración continua. Estos son algunos rasgos que a María Cecilia, en virtud de su personal experiencia, fueron manifestados de una manera no común acerca de la Vida interior de Jesús.





LA VIDA DE SAN JOSÉ



María Cecilia narró también la vida del GloriosoPatriarca San José, esposo purísimo de la Gran Madre de Dios y Padre adoptivo de Jesús, manifestada por Jesús en revelaciones. A través de esta obra, los lectores pueden conocer más de cerca la gran figura de San José, de su nacimiento hasta su entrada triunfal en el Cielo en la Gloria del Padre. La grandeza y causa de su santidad consiste principalmente en esto: que ejerció en nombre del Padre Eterno, la “Patria Potestad” sobre Jesús y María Santísima.

En la introducción del Libro de la Vida de San José, la Venerable Hna. María Cecilia Baij nos relata:
Al tener que dar comienzo para escribir la Vida del glorioso Patriarca San José, confieso la insuficiencia y mi indignidad, y que yo de este Santo nunca he leído cosa alguna, habiendo oído solamente ese poco que Jesucristo se ha dignado manifestarme en la misma manera en la cual se ha dignado manifestarme Su Vida interior.

He sentido cierta resistencia al escribir esta Vida, pero animada por la Gracia Divina y por las Promesas que me han sido hechas por el Esposo Divino de asistirme de una manera particular, como también de la santa obediencia y de la Gracia que el Santo me hizo de restituirme la salud y liberarme de una fuerte palpitación del corazón, me pongo a escribirla tal cual me ha sido manifestada por Jesucristo, y ruego a quien la leerá, para que no se viera escandalizado, si es que yo me llamo ‘esposa predilecta de Jesús’, porque este título de honor Él mismo me lo ha dado una y más veces, puesto que también se ha dignado cambiarme mi apellido, ordenándome para que me llamara María de Jesús. No se sorprendan, pues, si Jesús se ha dignado honrarme de esta manera, porque es propio de Su Bondad favorecer a los pecadores que se convierten a Él; ahora mucho más Se ha dignado favorecerme siendo la más grande pecadora del mundo, haciendo con esto resaltar aún más Su infinita Misericordia y Bondad, de modo que aún más los pecadores tomen ánimo y confíen en Su Bondad y de corazón se conviertan a Él; como espero hacer yo, criatura miserable y muy indigna pecadora.

Exponemos aquí algunos Capítulos y fragmentos del Libro de la Vida del Glorioso San José:

Capitulo VII
Las Primeras persecuciones del Demonio a San José del maligno



El común enemigo se enfurecía de rabia al ver las virtudes admirables que resplandecían en nuestro José, y que con su ejemplo atrapa a muchos a la práctica de las virtudes; por lo tanto encendido de furor contra el Santo Jovencito, y no sabiendo cómo hacerlo caer en actos de ira y de impaciencia, y para alejarle de su fervor en el servicio y amor de su Dios, se puso a instigar a algunos de mala vida, poniendo en sus corazones una gran aversión y odio hacia el Santo, porque sus acciones virtuosas servían a ellos de gran reproche y confusión…

Capítulo XIII
Otras tentaciones y persecuciones de Satanás



Gozando nuestro José de las Gracias y favores particulares que recibía de su Dios, y gustando de la dulzura y suavidad de su Amor, Dios permitía que su siervo fuera angustiado por la criatura por obra e instigación del demonio, de modo que el Santo pudiera adquirir mayores méritos y demostrara a su Dios la fidelidad y el amor también en medio de las persecuciones y de las angustias.
Ya el demonio odiaba mucho al Santo joven, no podía soportar tanta luz y tantas virtudes que el Santo practicaba, por lo cual buscaba siempre nuevas formas para inquietarlo y angustiarlo y tratar de hacerle perder la virtud tan querida por el de la paciencia y de la mansedumbre. Dios sin embargo lo tenía siempre alejado y no permitía que se acercara para inquietarlo: a veces sin embargo le daba libertad para que lo angustiara para mayor mérito del Santo y para confusión suya.

Capítulo XIV
Vida de Oración



Mucho se complacía Dios en el amor y fidelidad de José, y no dejaba de llenarlo siempre más de Gracias y de méritos, y el Santo también se aprovechaba de ello, que se volvía siempre más capaz para recibir aún más con la correspondencia y gratitud hacia su Dios, por lo cual a menudo era favorecido de sublimes éxtasis en los cuales mucho se deleitaba el alma de José, y quedaba siempre más encendido en el amor a su Dios. Entendía la grandeza del mérito que tenía Dios en ser amado y servido fielmente, y de esto se encendía de un vivo deseo y anhelaba que todas las criaturas lo hubiesen amado con todo su amor.


Dios le daba a conocer como la mayor parte de los hombres se perdía en el amor hacia las criaturas y a las cosas caducas y transitorias, por lo cual nuestro José sentía una pena insoportable de ello, y hubiese querido suplir el la falta de tantos, pero al conocerse incapaz, se aniquilaba y decía a su Dios: -"Oh Dios mío y, ¿por qué yo tengo solo un corazón para amaros, bondad infinita?, y, ¿por qué no tengo yo los corazones de todos los hombres y así consagrarlos a vuestro Amor?

Capítulo XVI
San José se prepara con la Oración y la penitencia para recibir de Dios el incomparable Don de la purísima esposa la Virgen María



San José había cumplido ya los treinta años, y había conservado inmaculado su candor virginal e inocencia, enriquecido de grandes méritos y adornado de todas las virtudes; y habiendo llegado el tiempo en el cual Dios había decretado darle como esposa suya y fiel compañera a la dulcísima Virgen María, habiendo esta también cumplido el décimo cuarto año de su edad, Dios quiso que José se preparara a la noble, sublime y virginal boda, y aunque la vida del Santo hubiese sido una constante preparación para recibir un favor tan sublime, a pesar de esto en estos últimos días quiso de él una preparación más especial.


De noche le hizo decir a través del Ángel mientras dormía, que se preparara para recibir a una de las más sublimes Gracias que el Altísimo quería hacerle, y esto por un mes seguido, y que hubiese redoblado las suplicas y hubiese aumentado los deseos ardientes de su corazón. Al despertarse José del sueño se encontró totalmente encendido del deseo de recibir pronto la Gracia prometida, y todo lleno de amor hacia su Dios, exclamó: ¡Que bueno sois, Dios de Israel! ¡Que fiel sois a vuestras promesas! Mi alma desea la Gracia prometida, pero mucho más desea el aumento de vuestro Amor y de glorificaros en todas mis acciones"-. Y así, todo encendido de amor, se fue al Templo, y aquí, después de haber adorado a su Dios, alabo su infinita bondad.

El demonio se habla propuesto perseguir al Santo y a su esposa Cuando los vio acercarse a la ciudad porque allí estaba como «dueño y señor pensó la forma de poder angustiar a los Santos perseguirlos y por lo tanto estaba todo feliz: pero quedó confundido y totalmente abatido por la fuerza que sintió…y fue obligado a huir, por lo cual ardía de una rabia más furibunda. De hecho instigó a muchos contra los Santos peregrinos, pero poco daño pudieron hacerles, porque, al verlos tan pobres, humildes y modestos no pudieron creer que ellos fueran la causa del mal aunque estuvieran muy Instigados por el demonio.

JOSÉ SUFRE ANTICIPADAMENTE
 LOS SUFRIMIENTOS DE JESÚS EN LA CRUZ



El Divino Niño ya estaba en el taller con su José ayudándolo en su trabajo, y un día, mientras el
Santo estaba trabajando completamente extasiado y lleno del divino consuelo, el Divino Niño se
puso a trabajar. Al comienzo nuestro José no se dio cuenta de ello, porque completamente concentrado en Dios, estaba atendiendo a su trabajo.
Mientras tanto el Divino Redentor se puso a trabajar en una pequeña Cruz; de esta labor se dio
cuenta nuestro José. Observó como el Divino Niño trabajaba, ahora muy feliz, y en otros momentos triste y suspirando, seguían los coloquios internos que tenía con su Padre Divino.

Nuestro José se sintió llenar el alma de tristeza al oír suspirar al Redentor, y mucho más se dolió
cuando se dio cuenta de que su Jesús había hecho esa pequeña Cruz, sintiendo en su corazón
un presagio de lo que habría de cumplirse en el futuro, esto es de que su Jesús sería crucificado.
Tuvo una clarísima Luz por parte del Padre Divino, por lo cual en medio de tanto consuelo su corazón se llenó de una grandísima pena y fue traspasado por un agudo dolor. Mientras tanto el Divino Niño terminó su primer trabajo, y luego dirigiéndose a su José, que lo estaba mirando atentamente, le dijo: -"¡Mi queridísimo Padre!, he aquí el instrumento donde se cumplirá la Obra
de la Redención humana!"-. Y esto se lo dijo con alegría y con el deseo de que pronto llegara el
tiempo tan deseado por Él. Era como para que nuestro José se desmayara al oír estas palabras, y
si no fuera porque intervenía la Gracia, nuestro Santo hubiese muerto de dolor. No alcanzó a decir otra cosa: -"¡Oh mi querido Jesús!"-.



El Santo enmudeció derramando abundantes lágrimas, pero su Jesús lo consoló, diciéndole que
se debía cumplir la Voluntad del Padre Divino; y así nuestro José se conformó pero no se le quitó la pena de su corazón.
Mientras tanto el Niño Jesús quiso ir a donde la Divina Madre y nuestro José fue allá también
junto con su Jesús. Al entrar ambos en la habitación donde estaba la Santísima Virgen haciendo
oración, el Divino Niño se hizo ver con esa Cruz en la mano, mostrándosela a su Madre Santísima, la cual ya espiritualmente lo había visto todo. Se postró en el suelo, la Santa Madre adoró la Cruz y la besó en señal de conformidad al Divino Querer;  ofreció al Hijo al Divino Padre y con el Hijo se ofreció también a sí misma.



Sin embargo su alma quedó traspasada por un nuevo dolor, y aunque ya estuviera informada de
todo, a pesar de eso a la vista de esa Cruz se renovó en Ella el dolor y la pena de su inocente corazón.
Nuestro José admiró la fortaleza, la conformidad y la generosidad de su divina esposa, y
postrado en el suelo él también adoró la Cruz, la besó, todo conformado a la Divina Voluntad. El Niño Jesús, después de esto, les habló acerca del sufrimiento, diciéndoles que era tan ardientemente amado por Él por el deseo que tenía de cumplir la Voluntad del Padre y de llevar a cabo la Obra muy importante de la Redención humana, diciendo al final: -"He aquí; oh queridos míos, lo que me será preparado por el pueblo escogido, después de haber sido tan beneficiado por mí”. Y levantando la Cruz, dijo: -"Sobre este patíbulo de infamia me harán morir entre tormentos muy crueles, pero Yo con gusto terminaré mi vida en una Cruz para llevar a cabo la Obra de la Redención humana"-.
A estas palabras nuestro José cayó desmayado, y la Divina Madre quedó traspasada por un
agudo dolor. Ella no se desmayó, sino que siempre se mantuvo consciente para experimentar
continuamente el dolor y el martirio de su purísimo Corazón.
El Niño Jesús llamó al muy afligido José y lo hizo volver en sí y lo animó y consoló. Pero el
apenado José quedó herido con un más vivo dolor en el íntimo de su espíritu, que le duró todo el
resto de su vida; de modo que, si no se encontró presente en la Pasión y Muerte del Redentor, sufrió sin embargo el dolor y la amargura hasta que vivió, por lo cual él tambien tuvo el privilegio de adquirir grandes méritos en recuerdo de las penas que estaban preparadas al Redentor, por las cuales lloraba a menudo amargamente.


De ahí en adelante cada vez que se ponía a trabajar se acordaba de la Cruz sobre la cual moriría
su Jesús y derramaba abundantes lágrimas de dolor, haciendo varios actos de compasión, de
amor, de gratitud, de resignación; y eran tantas las lágrimas que derramaba por el dolor, que impregnaba las tablas donde trabajaba. A veces ocurrió que al ir gente a su taller para ordenarle el trabajo, lo encontraban tan triste y lloroso y le preguntaban la causa de su dolor. Entonces el
Santo agachaba la cabeza y no contestaba cosa alguna, por lo cual creían que lloraba por la gran
pobreza en la cual se encontraba, porque era considerado como un hombre indigente.
Le daban ánimo diciéndole que se preocupara en trabajar, que así habría puesto remedio a sus
necesidades. Otros le decían que no tenía motivo para llorar, porque tenía a un hijo tan cariñoso y amable, que Él solamente era suficiente para consolarlo, y de esto el Santo sentía más dolor aún, porque pensaba que a un hijo tan cariñoso y amable le esperaban tormentos tan crueles, y les contestaba: -"¡Así es, este hijo es mi único consuelo!"-, y luego no contestaba nada más, y así lo dejaban en paz.
Luego a veces, cuando el Redentor estaba retirado para conversar con su Padre Divino, nuestro
José se quedaba con su Santa esposa desahogando la pena de su corazón y amargamente lloraba
y decía: -"¡Oh esposa mía queridísima!, que cara costará la Redención humana a nuestro amado Jesús! ¡A costa de cuántos dolores Él volverá a comprar nuestras almas y las de todas las criaturas! ¡Oh, que gratitud se le debe por gran beneficio! Yo deseo sacrificar para Él mi vida y deseo sufrir todos los tormentos que le estan preparados. ¡Ah, si pudiera yo tener este gran privilegio, que feliz me sentiría! Pero si no lo sufrirá mi cuerpo, lo sufrirá el corazón, que ya está probando gran dolor y amargura. Yo quisiera estar presente en ese tiempo en las penas de nuestro Jesús para compadecerlo más y para sufrir más tormentos en mi espíritu, pero parece que no tengo tanto valor y tanta generosidad para sufrir una realidad tan dolorosa.
No es posible que mi corazón se conserve en vida entre tantas penas, por lo tanto si fuera
del agrado de nuestro Dios, mas bien escogería la muerte. Pero mientras tanto, ¿Cómo puedes tú, esposa mía inocentísima soportar tan crueles dolores, sin tener quien te asista en tus penas?"-.



Al decir estas palabras se desmayaba por el dolor nuestro apenadísimo José, el cual era consolado por la Divina Madre, asegurándole que Dios no habría permitido que Él se encontrara presente a tan graves tormentos de su Jesús y le decía:
-"¡Cree, esposo mío amadísimo!, que nuestro Dios te consolará, y no permitirá que tú
seas espectador de tan crueles penas que están preparadas a nuestro Jesús, pero cualquier
cosa que disponga de nosotros nuestro Dios, debemos conformarnos a su Santísima
Voluntad"—. Entonces el Santo se ponía con el rostro en el suelo y se ofrecía totalmente a su
Dios, dispuesto a cumplir la Divina Voluntad en todas las cosas.
A veces, cuando más que de costumbre se daba cuenta de la gravedad de las penas que tenía
que sufrir su Jesús, quedaba tan traspasado por el dolor que cala desmayado; no podía alimentarse, ni encontrar descanso, se deshacía en llanto y se consumía la vida en el dolor. En dicha ocasión el Divino Niño lo animaba, lo acariciaba, le dada finuras con gran Amor, por lo cual el Santo quedaba muy consolado y animado; pero ya no se alejaba de su corazón la espada del dolor.
Gozaba y penaba, y en esto nuestro José tuvo alguna semejanza con su esposa, la cual fue siempre traspasada por la espada del dolor en su purísimo Corazón, también en medio de los más grandes consuelos que gozaba por la continua Presencia de su querido Hijo y por escuchar sus divinas Palabras; y era conveniente que el esposo se asemejara en algo a la esposa; por lo cual, si nuestro José gozó mucho de los favores divinos y de las más cariñosas delicias de su Jesús, sufrió también crueles martirios e indecibles amarguras por el continuo recuerdo que tenía de sus penas y sobre todo desde que el Redentor se las manifestó con toda claridad.
Ya antes había sentido cierta amargura al meditar algunos pasajes de las Escrituras, pero le era
más doloroso cuando meditaba las Palabras del Redentor; y luego Dios permitió que en adelante
no entendiera muchos pasajes de la Escritura que hablaban al respecto, porque el Santo debía sufrir muchas otras angustias. Pero después que comenzó a gozar algo de tranquilidad y a no tener angustias, lo entendió todo con claridad, de modo que se puede decir con verdad que en toda su vida sufrió un continuo martirio. Pero esto se duplicó después que fue confirmado de todas las penas que estaban preparadas a su Redentor porque estas le traspasaban el alma con dolores mucho más intensos por lo cual tuvo ocasión de adquirir gran cantidad de méritos para la Vida Eterna.
La Cruz que había hecho el Divino Niño, la tenía en el lugar donde El solía retirarse a orar a solas y a tomarse algún descanso en la noche. Este lugar era a menudo visitado por nuestro José, y al ver la Cruz se redoblaba su dolor. La tomaba, la besaba con gran veneración y abundancia de lágrimas, pues esta Cruz trabajada por su Jesús representaba aquella sobre la cual se habría realizado la Redención humana; y luego se ofrecía al Padre Divino, dispuesto el también a morir sobre una Cruz, cuando hubiese sido su beneplácito. Otras veces se encontró que al ir a ver dicha Cruz encontraba que su Jesús estaba tendido sobre ella.



¡Oh!, entonces si que nuestro José sentía unas penas muy crueles y se postraba en el suelo traspasado por el dolor y quedaba allí llorando hasta que su Jesús se levantara y lo fuera a animar y confortar. El dolor que sentía la Divina Madre en dicha circunstancia, ¿quién podrá llegar a comprender?, puesto que Ella mucho más que José amaba a su Divino Hijo y sabía y conocía más que cualquier otro el mérito de su Dios Humanado y la crueldad de las penas que le estaban preparadas. Pero Ella tuvo mucho más fortaleza que su José, por lo cual al estar Ella mucho más afligida y dolorida que él, a pesar de eso consolaba de varias maneras a su afligido esposo exhortándolo siempre a la conformidad con el Divino Querer y a la generosidad en sufrir los dolores de su corazón y las angustias de su espíritu que le causaban las penas que estaban
preparadas para el Redentor.



Sin embargo el Redentor iba haciendo a menudo alguna disertación sobre las divinas perfecciones de su Padre Celestial y sobre la Gloria del Paraíso para mitigar con este consuelo las penas y angustias de su José, el cual se alegraba plenamente ante semejantes exhortaciones y se llenaba de júbilo su corazón encendiéndose en él un vivo deseo de ir pronto a gozar de un bien tan grande, sin mezcla de pena alguna, y cuando sentía esto, dirigiéndose a su Jesús le decía: -"¡Oh mi querido y amado hijo!, yo siento un deseo grande de ir pronto a gozar de tu Dios abiertamente, pero mientras tanto, cuanta pena siento al pensar que este gozo tiene que costarte tantas penas, porque no podré entrar al Cielo sino después de haberse cumplido la Obra de la Redención humana!"-.

Entonces el Redentor le decía: -"¡Así es, mi queridísimo padre!, a costa de penas y de dolores
sufridos por Mí entrarán las almas en la Gloria del Paraíso. Pero no te aflijas tanto, porque debes saber que Yo vivo con grandísimo deseo de sufrir para merecer a todos la eterna bienaventuranza. Y,cuán grande es mi deseo de cumplir pronto la Redención humana!"-.

Entonces nuestro José se postraba en el suelo y le agradecía en nombre de todo el género humano por todo el Amor que Él le tenía, y por todo el bien que a todos merecía a través de sus
penas y hacia muchas expresiones en nombre de todos con el deseo de suplir en todo aquello que
habrían faltado en esto a todas las criaturas. Ya lo decía su Jesús, que Él deseaba los corazones de todas las criaturas para poderlos llenar todos de gratitud y de amor hacia su Redentor.
Pero, decía: -"¡Oh Jesús mío!, yo soy totalmente incapaz, y no puedo conseguir que se cumpla mi deseo; por lo tanto recibe esto que yo deseo y haz Tú con tu poder que todas las criaturas reconozcan el beneficio tan grande que Tú les haces, de modo que sean agradecidos y correspondan a tanto Amor que Tú les tienes"-.



Mucho le agradaba al Redentor las expresiones de su José y le demostraba su complacencia, y el Santo se iba animando para hacerle otras más, porque deseaba mucho volverse en todo y para todo grato a su amado Jesús y buscaba con todos los medios agradarle y complacerle.
Por lo tanto pedía a menudo a la Divina Madre que le insinuara lo que podía hacer para dar gusto a su amado Hijo; y Ella lo consolaba insinuándole varias cosas por las cuales se habría vuelto siempre más grato al Divino Hijo. Nuestro José sentía un gran consuelo de ello y lo ponía todo en práctica fielmente, y todo lo hacía con gran amor, sin otro interés que el de dar gusto a su amado y querido Redentor.


MÁS PERSECUCIONES PARA EL SANTO:
TODO LO ACEPTA CON HEROICA MANSEDUMBRE



Al ir ya, como se ha dicho, muchas personas al taller de San José para ver al Divino Niño y consolarse con su amabilísima Presencia, hubo algunos que con buena intención reprochaban al Santo, diciéndole que como se atrevía su corazón a tener a un hijo tan digno, de tanta gracia y belleza, trabajando en ese taller, y que al ser Él de tan noble índole y de gran talento, debía aplicar eso al estudio de la Escritura, porque habría llegado a ser un gran doctor de la Ley y habría tenido gran éxito, lo cual habría sido de honor también para la ciudad. El Santo frente a estas palabras que le herían el corazón otra cosa no respondía que encogiendose de hombros, por lo cual aquellos pensaban que el tenía poco amor a su hijo y poca compasión a su delicadísima complexión; y encendidos de celo, bien intencionado, reprochaban al Santo de cruel y de exigente, de desamorado con su hijo y que con tal de tener a alguien que lo ayudara en el trabajo no se preocupaba de tener a su hijo fatigándose en eso. Y le decían: -"Si otro, quien quiera, tuviese un hijo de esta clase, pondría en riesgo también la vida por fatigarse, ganar, y hacer que su hijo tuviese los medios para estudiar"-. 

Todas estas cosas estaba escuchando nuestro José con gran mortificación y pena de su corazón, conociendo que tenían razón, hablando humanamente, pero no les podía hacer comprender, porque no tenía la orden de descubrir el secreto y el misterio escondido. Por lo cual el Santo les respondía con gran humildad y sumisión, diciéndoles que tenían razón, pero que él teniendo necesidad de ayuda no debía privarse de ese hijo que Dios le había dado, y que si hubiese conocido de otra forma cual era la Voluntad de Dios, pronto hubiese estado dispuesto para cumplirla. Se burlaban aquellos de las palabras del Santo diciéndole: -"¡Oh, ahora quieres que venga Dios para decir lo que debes hacer!; Grandes pretensiones son las tuyas! Tú debes de todas maneras enviar a tu hijo para que estudie"-.


El Santo agachaba la cabeza y no les respondía, todo lo sufría con invencible paciencia, no dijo jamás palabra alguna por la cual les pudiese ofender, como de hecho se merecían por su inoportunidad; antes bien, les agradecía por la preocupación que demostraban y por el afecto que tenían hacia su hijo. Pero aquellos comenzaron a considerar al Santo como un hombre de cabeza dura, y que no quería dejarse persuadir en nada en cosa tan importante, y como tal lo iban divulgando por toda la ciudad. Mucho duro esta angustia y molestia para nuestro José, porque cada vez que iba a su taller lo molestaban acerca de este particular; pero el Santo todo lo sufría con invencible paciencia, no demostró nunca su rostro perturbado, ni dijo jamás palabra de disgusto, sino que siempre les hablaba con humildad y sumisión, demostrando alegría de cuanto ellos decían en contra de él. Y de hecho lo aceptaba con gusto, porque en dicha ocasión practicaba esos actos de virtud que ya sabía que eran tan gratos a su Dios y de tantos méritos para su alma y rogaba mucho por aquellos que tanto lo molestaban y le decían palabras ofensivas. La pena y amargura que el Santo sentía por eso, era por el hecho de que le disgustaba ver a su Redentor fatigarse en ese miserable taller, por lo tanto, cuando aquellos le decían eso quedaba más que nunca herido su corazón, por la compasión que tenía hacia su Divino hijo. Lloraba muy a menudo amargamente, pero luego se conformaba en todo a la Divina Voluntad. El Redentor le demostraba cuanto le agradaban esos actos que él hacía de virtud y de paciencia, y con una mirada sonriente que le daba lo consolaba plenamente. Se ponía a mirar a su hermosísimo Jesús y se inundaba de un júbilo incomparable su corazón y le decía: -"¡Oh mi querido hijo, el verte solamente es suficiente para mitigar cualquier amargura, por lo cual mi alma se deshace toda a tu vista! Vengan pues las angustias y que yo sea despreciado y burlado por las criaturas, maltratado y ofendido, porque todo se me hace dulce y suave solamente al verte, mi querido bien"-. 



Y así diciendo caía en éxtasis por la dulzura. Las angustias que nuestro José experimentó por parte de las criaturas, a las que los enemigos infernales adrede instigaban contra el Santo, fueron muy livianas en comparación de las que el Santo sufrió por medio de su Jesús, y que Jesús mismo le enviaba para hacerle adquirir más méritos. Jesús se hacía ver a veces en el taller todo triste con la mirada fija en el trabajo, suspirando, mientras pensaba en las graves ofensas que recibía su Padre Divino, y sentía amargura y dolor por ello. Esto no lo sabía nuestro José, y al ver a su Jesús en esa posición, quedaba herido por un agudo dolor. ¡Oh, que grandes eran los desvarios de su corazón! iOh, que grandes las penas de su espíritu!, no podía encontrar paz, y otra cosa no podía decir que: -"Querido Jesús mío, ¿qué mal te habré hecho yo para que tengas el rostro triste y sufrido?"-. Y esto decía en lo más profundo de su corazón. 

El Santo pensaba ir donde su esposa y preguntarle que le sucedía a su Jesús, pero luego no se animaba a ello. Quería preguntarle la causa de su dolor y no se atrevía, y así afligido seguía su trabajo, derramando abundantes lágrimas de dolor. Jesús dejaba que se quedara con esa pena, queriendo que el Santo adquiriese méritos y se resignara. De hecho, todo conformado, ofrecía al Padre Divino su gran dolor, que en verdad le traspasaba el alma, y estaba en esa pena hasta que llegara la hora de la comida, porque allí se daba ánimo y todo confundido decía a su Jesús: -"¡Mi querido hijo, ha llegado la hora destinada para la comida!, por lo tanto, te aviso para que vayamos a alimentarnos"-. Entonces el amable Jesús, teniendo compasión del afligido José, muy serenamente lo miraba con su acostumbrada gracia y le decía: -"¡Vamos, padre mío, porque es conveniente que tú te restablezcas por haberte fatigado tanto!"-. 




A estas palabras dichas por Jesús con mucha gracia y dulzura el afligido José se consolaba plenamente y se reanimaba en su espíritu agobiado por el dolor. Y muy contento se iba con su Jesús para ver a la Divina Madre, la cual tenía ya todo preparado, y Ella misma, que todo lo había comprendido, miraba a su Jesús con gran amor y luego a su José con gran compasión, y con esa mirada Jose entendía como su esposa ya todo lo sabía y que mucho lo compadecía; y el agachaba la cabeza en señal de gratitud. Después de haberse alimentado, el Redentor les dada alguna exhortación, ahora hablando de las perfecciones de su Padre Celestial, ahora de la Divina Providencia, ahora de la conformidad que siempre hay que tener en las cosas adversas, ahora del Amor que el Padre Divino tiene al género humano, por lo cual no pasaba día en que el Divino Maestro no hiciera alguna reflexión, y esto particularmente después del alimento, para alimentar con su Palabra divina sus almas y restablecerlas, de modo que quedaran muy restablecidas y confortadas y siempre más iluminados e instruidos. Nuestro José gozaba mucho de las palabras de su Redentor y le parecía cada hora como si fuera mil para que llegara ese momento destinado a la gente y también caía en éxtasis por el consuelo que experimentaba su espíritu. Luego el Divino Hijo se retiraba y quedaba José con la Santa Madre, y se ponía a hablar de las perfecciones de su amado Jesús, de su gracia y amabilidad, de su divina Sabiduría y de sus obras admirables virtudes y prerrogativas. El Santo decía a su esposa: -"¡Oh, esposa mía!, y donde jamás he merecido yo un bien tan grande para estar en compañía tuya y de nuestro Salvador? Oh que Bondad y Caridad ha usado nuestro Dios hacia mí, eligiéndome para un cargo tan digno" -.

Y junto con su esposa daba afectuosas gracias al Padre Divino. Luego manifestaba a la Divina Madre lo que le había sucedido en el taller con su Jesús; y Ella, aunque todo lo supiera, no daba señal de ello, sino que compadecía mucho la pena que el había tenido, y mucho más compadecía a su amado Hijo, y exhortaba a su esposo para que no se afligiese demasiado al pensar que el era la causa de las angustias que demostraba tener su Jesús, sino mas bien que se afligiera por las ofensas que el Padre Divino recibía del género humano, y así habría podido acompañar a su afligido Jesús. El Santo no dejaba de cumplir lo que su esposa le sugería; pero dirigiéndose a Ella le decía que solamente el ver a su Jesús en esa pena le causaba profundo dolor; de lo cual era muy compadecido por Ella, porque Ella también experimentaba eso y mucho más que José por la adhesión y unión más íntima y cordial que Ella tenía con su amado Hijo. Luego el Santo iba a su trabajo con su querido Jesús, y al dejar a su esposa, le pedía tenerle en cuenta en las oraciones al Padre Divino, pues sabía que Ella estaba continuamente en la Presencia de Dios.

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Le decía también que la compadecía mucho porque su Divino Hijo no se quedara con Ella, pero que él no dejaría de presentar cordiales cumplidos a su Jesús de parte de Ella mientras estaba trabajando en el taller con Él y que le pediría también que fuera a visitarla. Mucho agradecía la Divina Madre las expresiones que su José le manifestaba y la atención y delicadeza que le mostraba al querer verla - consolada y de satisfacer su deseo, por lo cual daba afectuosas gracias a su José. De hecho, no dejaba el de hacer todo lo que había prometido a su esposa, porque mientras trabajaba con su Jesús, cuando este le hablaba para consolarlo, él enseguida le presentaba cordiales cumplidos por parte de la Divina Madre, y Jesús le manifestaba su agradecimiento por ello, recibiéndolos con rostro alegre y sonriente, y cuando le pedía que fuera a verla, iba con gran Amor y prontitud, porque ya se sabe cuanto Él amaba a la Divina Madre, siendo Ella la delicia de su Corazón; y esto sucedía a menudo como ya se ha dicho otras veces. Así nuestro José entre sus angustias y penas era consolado por su Jesús y por la Divina Madre, esto hacía que disminuyan sus penas, aunque estas a veces se duplicaran porque no solamente el sufría, sino también su esposa a quien la encontraba afligida, y esto sucedía cuando el Redentor se presentaba con rostro serio. También a la Divina Madre para hacerla ganar méritos, le tenía escondida la causa de sus angustias, por lo cual la Santa Madre venía entonces a sufrir un gran martirio en su Corazón. Nuestro José sufría doble pena al ver al hijo triste, serio y angustiado y a la Madre convulsionada y angustiada. ¡Oh!, entonces si nuestro José no sabía que hacer, porque Jesús estaba retirado orando al Padre y su esposa afligida y angustiada. Entonces el iba a su taller y aquí postrándose en el suelo lloraba amargamente, pero al acordarse de las palabras que le había dicho su esposa, dirigía sus lágrimas para llorar las muchas ofensas que recibía el Padre Divino y se desahogaba en cálidos suspiros, suplicando la Divina Clemencia para que se dignara perdonar a los pecadores y luego le rogaba para que consolara a la Divina Madre y a él, haciéndoles ver de nuevo el rostro sereno de su Jesús. 

Cuántas cosas decía a su Dios, nuestro José, confidencialmente, demostrándose sin embargo en todo resignado y dispuesto para sufrir esa pena por todo el tiempo que hubiese querido su Divina Voluntad. Luego regresaba donde su esposa y al verla también triste y afligida procuraba consolarla, aunque el tuviese necesidad de ser consolado. Al encontrarla tan conformada a la Voluntad de su Dios, quedaba siempre más edificado y admiraba sus virtudes, procurando en todo imitarla, como fiel y amante esposo. Luego que el Divino Hijo había visto como la Santa Madre y José habían practicado los actos de virtud y en todo se habían conformado y enriquecido de méritos, se daba ver a ellos con rostro sereno y amable y todo amoroso les hablaba y les animaba en el sufrimiento. Entonces los corazones de la Santa Madre y de San José se alegraban, se llenaban de alegría, quedando todos consolados. Conjuntamente daban alabanzas y agradecimientos al Padre Divino, y nuestro José como jefe de familia, hablaba a su Jesús con mucha confianza y le decía: -"¡Oh mi querido y amado hijo, en que angustias se ha encontrado mi corazón y el de mi esposa al verte angustiado y con rostro triste y dolorido! Mi corazón prueba una pena grandísima al verte entre angustias. ¡Oh!, entonces mi dolor es indescriptible y no sé cómo puedo yo vivir en tan gran dolor"-. 

Su Jesús lo miraba con rostro sonriente, lo compadecía y le decía que no debía preocuparse demasiado ni angustiarse de ello, antes bien tenía que dar gracias al Padre Divino porque eso quería para enriquecerlo aún más de méritos y para tenerlo ejercitado en los actos de virtud. El Santo oía eso con gran sumisión, y se grababa en su mente y en su corazón las divinas Palabras para luego ponerlas en práctica en las ocasiones que se le hubiesen presentado. A veces para probar al Santo de otras maneras, el amado Jesús se hacía ver todo amable y amoroso, pero con una más clara señal de la Majestad y Divinidad que había en Él. Y de hecho su aspecto infundía alegría por la amabilidad, y estremecimiento por la Majestad. Entonces nuestro José sentía en el corazón como si una flecha poderosa le atravesase, y todo encendido de amor hacía su amado Jesús y atraído por su gracia y belleza quería acercarse a Él, pero se vela atemorizado por la Majestad por lo cual no se atrevía acercarse y hablarle, de modo que deliraba y no sabía que hacer y languidecía de amor. Tenía cerca de él al ser querido y no podía satisfacer sus anhelos ni siquiera mirándolo, porque la Majestad lo atemorizaba. Entonces se postraba con el rostro en el suelo y adoraba la Divina Majestad de su Dios Humanado, y no se levantaba hasta, que no fuera levantado por Él e invitado a un trato familiar, que le permitía adquirir confianza, pues ya escondía las claras señales de la Divinidad, de modo que su José pudiese dar lugar al amor y saciarse en mirar al ser querido y hablarle confidencialmente diciéndole cuanto lo amaba y cuanto gozaba de su amabilísima Presencia. 

De varias maneras el Divino Redentor probaba a su fiel José, y esto lo daba no porque no le fuera fiel en todo, sino para darle ocasiones para adquirir méritos y practicar los actos de virtud, estando en todo resignado y humilde, sin perder jamás su invencible paciencia, sin quejarse jamás y más bien culpándose a si mismo de todo lo que le acontecía, manifestando que todo sucedía por su indignidad. Siempre se reconocía merecedor de muchos castigos, y por lo tanto cuando le sucedía algo contrario, decía que era poco para sus desmerecimientos; por lo cual nuestro José de cualquier manera que fuera angustiado, o por las criaturas, o por la furia de los enemigos infernales que instigaban a muchos en contra del Santo, o por el mismo Jesús que quería tenerlo ejercitado en el sufrimiento, practicó siempre los actos de todas las virtudes en grado eminente y procuró imitar a esos grandes modelos que Dios le había dado en custodia.

EL AMOR CONSUME LA VIDA DE NUESTRO SANTO



Ya se dijo arriba, nuestro José tenía la devoción particular a esa pequeña habitación donde se había celebrado el gran misterio de la Encarnación y donde su Santísima esposa vivía para hacer allí oración. Ahora bien esta devoción y amor a ese lugar fue acrecentándose siempre más en nuestro José y por lo tanto suplicaba a su Santa esposa para que le permitiera ir allí a orar, cuando Ella estaba ocupada en las cosas domésticas de la casa, lo cual lo logró. Aunque con su esposa María visitaba con más frecuencia este lugar sagrado, sobre todo cuando querían obtener alguna Gracia particular por parte del Padre Divino, se postraban en ese mismo suelo, donde estaba la Divina Madre cuando el Verbo Eterno se encarnó en su purísimo seno, y allí nuestro José se sentía encender el corazón de un amor más poderoso y de una gran confianza en la Bondad Divina, muy seguro que en ese lugar nunca había tenido Gracia que no le fuera concedida por parte de la Divina Generosidad. Después de haber pedido la Gracia que deseaba, recibía muchas Luces por parte del Padre Divino; allí su espíritu se unía más íntimamente con su Dios y gozaba un paraíso de delicias, y mientras el Divino Redentor estaba retirado orando al Padre y conversando acerca de la importantísima misión de la Redención humana, el afortunado José estaba con su Santa esposa María en esa pequeña habitación. La Divina Madre, toda absorta, vela cuanto pasaba entre el Padre Divino y su Santísimo Hijo, y Ella también lo acompañaba en sus peticiones. Muchas veces tuvo también el afortunado José esta revelación, y el también se unía con el Divino Hijo y con su Santísima esposa; y a las súplicas que el Redentor dirigía a su Padre Divino por el género humano, se unían también las de la Divina Madre y de San José, haciéndose en esto también compañeros del Salvador en las súplicas, lo cual resultaba de gran utilidad para sus almas, acrecentándose en ellos admirablemente la Divina Gracia, el amor hacia Dios y al prójimo y los incomparables méritos. De esto gozaba mucho nuestro José, y cuando salía de ese santo lugar le parecía no ser ya el de antes, sino totalmente transformado por Dios. El Santo no era capaz de cosa alguna temporal, sino que parecía un alma divinizada a la manera de los bienaventurados que están en el Cielo; por lo cual al salir afuera, esperaba un poco para volver en sí, dejando aquí a la Divina Madre totalmente absorta, la misma que nunca fue perturbada por el Santo esposo, dejándola allí a su gusto y gozando del consuelo que su divina esposa gustaba en el mismo. Iba creciendo tanto el amor de nuestro José hacia su Dios, que se iba consumiendo también en el cuerpo. El Santo sufría continuos desmayos amorosos, y esto por el trato continuo y familiar de su amado Jesús, y por la divina contemplación y por la relación de un amor santo que tenía con la Madre del Amor hermoso. Había llegado a ser un volcán en llamas el corazón del afortunado José, de modo que a menudo exclamaba: —"¡Oh Dios de Amor y de Caridad!, pon fin a esta vida mía, y muera yo entre las cenizas de estas llamas que tanto arden en mi pecho"— . Y así el Santo comenzaba a tener un deseo muy ardiente de morir consumido y quemado en el fuego del divino Amor, y a menudo iba diciendo a su esposa: —"¡Oh mi querida y amada esposa!, yo siento nacer en mí un vivo deseo de morir consumido y abrazado en el fuego del Amor divino"—. Y la Santa Madre lo consolaba diciéndole, que Dios quien le daba ese santo deseo, lo habría también consolado haciéndolo morir en la forma como él deseaba. Entonces el Santo, levantando las manos y los ojos al Cielo exclamaba: "¡Oh Bondad inmensa de mi Dios! Será pues verdad que Tú me consolarás de la manera, que yo deseo, y llegaré a morir consumido por tu dichoso fuego?"—. Y diciendo esto, todo encendido en el rostro y mucho más en el corazón, con los ojos resplandecientes caía en éxtasis, donde se quedaba mucho tiempo hasta que, llegada la hora destinada para rezar las divinas alabanzas junto con Jesús y la Divina Madre, volvía en si.
La Santa Madre miraba a su esposo José con mucho agrado de su alma, porque parecía más un hombre celestial que terrenal, pareciendo su rostro el de un Ángel del Paraíso; y de esto daba afectuosas gracias a su Dios por dignarse conceder abundantes dones a su esposo José, reconociéndolo como si fueran hechas a Ella misma. Nuestro José era también muy devoto y encariñaba con el gran misterio de la Encarnación y al conocer por parte de la Divina Madre el día y la hora que tuvo lugar dicho misterio, a menudo celebraba el recuerdo del mismo, pero sobre todo cada mes y cada año, y se preparaba a ello de una manera especial, practicando muchos actos de mortificación; y cada vez que corría el octavo día renovaba el recuerdo del mismo, levantándose a esa misma hora para orar y dar gracias a Dios por el beneficio hecho al género humano. Esto lo hacía junto con la Divina Madre en esa misma habitación en nombre de todo el género humano, dedicando a ello muchas horas en actos de agradecimiento y de gratitud a su Dios, a quien llamaba muy generoso con sus Gracias.

LA SANTÍSIMA MUERTE DE SAN JOSÉ



Habiendo ya nuestro José llegado al máximo de esa santidad a la que Dios lo había destinado, y enriquecido de méritos, Dios quiso separar esa alma santísima de las ataduras del cuerpo y enviarla al limbo de los Santos padres, de modo que les diese la gran noticia de la cercana liberación, porque dentro de poco se habría realizado la obra de la Redención humana. El afortunado José ya se iba llegando a los últimos momentos de su vida y oía las armonías angelicales que dulcemente le invitaban para llevar su alma bendita a descansar en el seno de Abraham. El Santo se sentía más que nunca encendido de amor hacia su Dios, que lo iba consumiendo todo. Un éxtasis muy sublime que le permitió gozar por más horas las delicias del Paraíso y mantener dulces coloquios con su Dios. Al volver del éxtasis, haciendo un esfuerzo, habló con su Redentor y con la Divina Madre allí presentes. Les pidió perdón por todo lo que el había faltado en todo el tiempo que había tenido el privilegio de estar con ellos, y esto lo hizo con gran dolor y abundancia de lágrimas. 

Les agradeció por toda la caridad que habían usado hacia él, por tanta paciencia en soportar sus faltas, por tantos beneficios que le habían hecho y por tantas Gracias que le habían solicitado al Padre Divino. Les agradeció por el cuidado y asistencia que han tenido en su larga y penosa enfermedad, y luego dio gracias afectuosas al Redentor por la Redención humana y de cuanto había y debería padecer para cumplir la gran obra de la Redención humana. Al final dio gracias tanto al Hijo como a la Madre por todo lo que habían hecho por él, sin dejar en el olvido ni siquiera una palabra, acordándose entonces de todos los beneficios que había recibido de ellos. En fin, como señal de su gran amor hacia su Santa esposa, sin que fuera esto necesario, la dejó recomendada de una manera especial a su Divino Hijo, con palabras de tierno afecto y con palabras de dulzura, mirándola con gran amor y compasión, por lo que le quedaba por sufrir por la Pasión y Muerte del Salvador, considerando como en ese tiempo sería abandonada y desamparada, sumergida en un mar de dolores y de angustias.


También le fue confirmado por el Redentor el cargo de abogado y protector de los agonizantes, lo cual el Santo aceptó de nuevo de buen corazón con el deseo y voluntad de ser útil a todos. Pidió luego, con gran humildad, la bendición a su Jesús y a la Divina Madre, suplicándoles para que no lo privaran de ese consuelo. Pero tanto el humildísimo Jesús, como la Divina Madre, quisieron ser bendecidos por él: como su jefe, que el Padre Divino les había dado. Esto hizo el Santo con mucha ternura para obedecer, y él también recibió su bendición que lo llenó de consuelo y de júbilo. Crecía siempre más la fuerza del amor en el corazón del privilegiado José, así como también el dolor; y reducido en la última agonía, se lo veía todo encendido de Amor celestial, estando con la mirada fija hacia el Cielo, luego en el Redentor, y luego en su Santísima y purísima esposa, gozando de esa vista y de encontrarse asistido por dos tesoros del Cielo, de los cuales él había sido fiel guardián. 





A cada respiro nombraba los dulcísimos nombres de Dios Padre, de Jesús y de María, cuyos nombres le causaban una dulzura indescriptible. Teniéndolo el Salvador de la mano y muy cerca de su cabeza, le hablaba de la Bondad, Amor y Grandezas de su Padre Divino, cuyas Divinas Palabras penetraban el alma del moribundo José y lo encendían siempre más en el Amor de su Dios. Habiendo llegado el último momento de su vida, el Redentor invitó, a esa alma bendita a salir del cuerpo para recibirla en sus manos santísimas y entregarla a los Ángeles, de modo que la hubiesen llevado al Limbo de los justos. A esta dulce invitación expiró nuestro privilegiado José, invocando el santísimo nombre de María y de Jesús su Redentor; expiró, en un intenso acto de amor a su amado Dios. ¡Oh, alma verdaderamente privilegiada! ¿Cómo podía Dios dejar de atender las penas de un alma tan santa y que con tanta fidelidad lo había servido y con tanto amor lo había amado y obedecido prontamente todas sus órdenes con tanta diligencia, humildad y resignación y con tanta exactitud había observado la Ley e imitado los ejemplos de Jesus y de María?

JOSÉ EN LA GLORIA DEL PADRE



Cuando el Salvador del mundo, tres días después de su muerte muy penosa, resucitó glorioso y triunfante y liberó a todas las almas que estaban en el Limbo, llevándolas consigo, nuestro José retomó su santo cuerpo por virtud divina, entrando su alma ya gloriosa en el cuerpo quedando este glorificado, esto es con las dotes gloriosas, como resucitarán los Santos en el Juicio Universal; y entró en el Cielo con el Salvador en su admirable Ascensión, donde nuestro Santo fue colocado en un trono muy eminente y cerca del Cordero Inmaculado como Virgen Purísimo; y está muy cerca de la Reina de los Ángeles y de los hombres, como fiel y castísimo esposo suyo, y el más semejante a Ella, que haya existido y que existirá en la tierra. En el Cielo goza de una Gloria indescriptible y por encima de todo otro Santo, la cual no se puede manifestar al mundo, no siendo capaz el entendimiento humano de comprenderlo. Solo será bien comprendida y admirada en la Eternidad por parte de los Bienaventurados Compresores. El Santo esta haciendo continuamente el oficio de abogado de los moribundos cerca de Dios, con gran premura y cuidado.





<<DOLOR SECRETO DE MARÍA SANTÍSIMA SOBRE LA MUERTE DE SAN JOSÉ REVELADO EN JACAREÍ>>

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